Manuel Simón Viola

"Colaboraciones de Antonio Reyes Huertas en la Revista de Morón y Bético-Extremeña"
Actas de las X Jornadas bibliográficas Bartolomé José Gallardo
(15, 16 y 17 de diciembre de 1003)
Prólogo de Carmen Fernández-Daza Álvarez
Unión de bibliófilos extremeños
Badajoz, 2004, 125 págs.


 




COLABORACIONES DE ANTONIO REYES HUERTAS

EN LA REVISTA DE MORÓN Y BÉTICO-EXTREMEÑA

 

   Si hubiera que valorar el grado de acierto de la UBEX al proponer el estudio de una publicación periódica como la Revista de Morón y Bético-Extremeña, bastaría recordar cómo el análisis de las revistas permite completar el panorama de un periodo literario, pues los escritores nunca rechazaron la colaboración en estos órganos. Como La revista de Extremadura (1899-1911), como Archivo Extremeño (1908-1911), la Revista de Morón y Bético-Extremeña (1914-1918), ejerció un notable poder de irradiación, pues la revista se adelanta siempre al libro en este cometido de anunciar derroteros estéticos y orientaciones intelectuales.

   Se da la circunstancia, por lo demás, de que las colaboraciones de Antonio Reyes Huertas en la Revista de Morón y Bético-Extremeña, no muy numerosas, cubren por completo el amplio abanico de su producción literaria. Y así, encontramos poemas, estampas (“Las víctimas”), fragmentos de sus primeras novelas (Los humildes senderos, La sangre de la raza, La ciénaga), artículos políticos (“El baile puede continuar”), notas históricas (“Los moriscos es Extremadura”), reseñas de la obra de otros autores (Federico Reaño), reseñas que otros colaboradores elaboraron sobre su obra narrativa, e incluso evocaciones (A. de Mirabal, seudónimo de Manuel Sánchez Cuesta, director de Noticiero Extremeño) sobre la figura del novelista en su finca de Campos de Ortiga [1] .

   Aunque no desdeñaremos las consideraciones vertidas en ellas, dejamos fuera de este sucinto análisis aquellas colaboraciones que tienen un menor interés literario como “Siluetas extremeñas. Federico Reaño” (a quien Reyes Huertas reprocha benévolamente el cultivo de una literatura satírica, esas “preciosas bagatelas”, y le insta a que “se inspire no solo en los flacos sentimientos de las debilidades humanas, sino también en las grandes virtudes de la raza”), “Los moriscos de Extremadura” (comentario sobre una edición para bibliófilos de la Academia Española de un manuscrito del capitán Alonso de Contreras en que se relata un intento de sublevación de los moriscos de Hornachos), y “El baile puede continuar”, en que al hilo de una crisis de gobierno en 1921 se traza un crítico retrato de la clase política sumida en rencillas banales, de espaldas a los graves problemas del país (sin ejército, sin Marina, con una agricultura rudimentaria, obligado a importar los bienes necesarios, minado por corrientes revolucionarias subterráneas, en que “la star no deja de funcionar”).

   Dedicaremos nuestra atención, por el contrario, a las aportaciones más específicamente literarias: poemas, estampas y novelas.

 

            POEMAS

 

  A Extremadura, región periférica y mal comunicada, las corrientes innovadoras suelen llegar con retraso. Badajoz, por ejemplo, era, en 1900, una pequeña ciudad fronteriza y amurallada en donde lo militar gozaba de gran prestigio (debido, en gran medida, a la tradicional y cíclica amenaza portuguesa). La ciudad vegetaba en un ambiente calmo y cifraba su vida cultural en bailes en el Liceo de Artesanos o en el Casino de Señores, conciertos en los paseos con rigurosa separación de clases, corridas de toros y representaciones de zarzuela.

  Este panorama social estancado va a conocer, sin embargo, en los años que siguen un florecimiento cultural protagonizado por un grupo de jóvenes que consiguen aunar en torno a ellos a artistas y escritores de edades muy diferentes.

 

                 "...jóvenes, de encontradas tendencias políticas, coincidieron en su afán de intervenir en la vida cultural -un tanto mortecina- de la ciudad (...)

                   El maestro Caballero, don José Canalejas, don Jacinto Benavente y otros prestigios nacionales, intervinieron en diversas fiestas del espíritu. Hermoso y Covarsí, Pérez Comendador, Aurelio Cabrera y Torres Isunza, iniciaban sus triunfos en las Exposiciones Nacionales de pintura y escultura.

                   La intelectualidad de Cáceres se agrupaban en las páginas inolvidables de la "Revista de Extremadura". En la célebre "camilla" (del Ateneo) debatíase, cuerpo a cuerpo, la eterna lucha entre dos generaciones. De un lado los viejos, aferrados a sus poetas neoclásicos, a Campoamor y Núñez de Arce, frente a nuestra bandera "modernista" con Villaespesa y Rubén Darío. Echegaray contra Linares Rivas y el autor de "La Malquerida". Ortega Munilla, Morote, Antonio Zozaya y demás "cronistas" ampulosos y sentimentales, frente a la inquieta prosa renovadora de Azorín y a la musicalidad poética del estilo satánico de Valle Inclán en sus "Sonatas" [2]

 

   Los "jóvenes", que naturalmente no mostraron un mismo grado de apertura a estos nuevos aires, constituyen la aportación extremeña a la Generación de Fin de Siglo nacional. Son poetas como Gabriel y Galán (1870), Luis Grande Baudesson (1874) y Manuel Monterrey (1877), narradores como Reyes Huertas -1887- (que se revelará como poeta), Diego María Crehuet (1873) y José López Prudencio -1870- (cuya labor más destacada es la filológica y crítica). Enrique Segura (Estella, 1882, afincado en Badajoz desde 1898) acompañará al grupo como testigo con colaboraciones más esporádicas -a él le debemos un relato fiel de la intrahistoria de la vida cultural pacense y de las relaciones entre ellos-.

   De todos los géneros literarios (narrativa apegada a modelos decimonónicos, teatro regional casi inexistente, la poesía es el único que alcanza, y lo hace muy pronto, el pulso de la modernidad. Frente a las manifestaciones epigonales de una estética romántica, y a una Poesía regionalista dignificada por el innegable acierto versificador de Gabriel y Galán (al que siguen epígonos como Luis Grande Baudesson o Diego María Crehuet), pero considerada a la postre como manifestación de “arte viejo”, el Modernismo irrumpió, en cambio, con toda la fuerza de lo nuevo. Enrique Segura ha contado el recibimiento entusiasta y unánime con que fue recibida esta poesía: "Recordemos que así llegó un día de mayo "Azul", de Rubén Darío. El portador de este mensaje era Manuel Monterrey (...) Todos ingresamos voluntariamente en las filas del Modernismo" [3] . La visita de Francisco Villaespesa a Badajoz acabó por inclinar la voluntad de los jóvenes poetas en esta nueva dirección  y recuerda inevitablemente el deslumbramiento ejercido por Rubén en los cenáculos madrileños: "Francisco Villaespesa estuvo entre nosotros una breve temporada en el otoño de 1904. Convivimos con él e intimó con Manuel Monterrey".  El Modernismo tiñe a partir de entonces la obra de poetas y narradores. "Ni López Prudencio ni nadie pudo evadirse de tan terrible contagio" [4] . El primer libro de poemas que aparece en la estela de la nueva sensibilidad es Mariposas azules (Manuel Monterrey, 1907), el mejor representante de un Modernismo no regionalista en Extremadura.

 

   Fue en estos años de ruptura con la tradición cuando Antonio Reyes Huertas, tras su salida del Seminario (1907) entra en contacto con el grupo pacense: "Aparece Reyes Huertas -recuerda Enrique Segura- en momentos de ufanías espirituales. En el Café de la Estrella del Campo de San Juan, entre espejos y divanes de peluche rojo, un grupo de jóvenes, presa del Modernismo, discutíamos a voz en cuello la Sonatina de Rubén Darío, versos de Santos Chocano y de Villaespesa o la prosa cantarina de Valle Inclán, atacando a las Doloras de Campoamor o las Odas frigoríficas de Núñez de Arce, defendidas por los recalcitrantes" [5]

 

   Antonio Reyes Huertas y Manuel Monterrey ofrecieron durante algún tiempo unas trayectorias literarias paralelas. El escritor de Campanario se inició como poeta en sus años de seminarista con una autoedición: Ratos de ocio (1905). Después de abandonar sus estudios eclesiásticos, funda una revista de vida breve en la capital pacense (Extremadura Cristiana) y, tras una corta estancia en Cáceres (dirigiendo Acción Social), regresa a Badajoz para trabajar como redactor y poco después como director (durante 1911) de Noticiero Extremeño. Coincidiendo con su labor periodística en el diario pacense, publica Tristezas (1908) y La nostalgia de los dos (1910). En este último año, en fin, aparecería Nostalgias, un librito de Monterrey y Reyes Huertas, que habían conseguido ex aequo el primer premio de poesía convocado por la Congregación de Luises de Badajoz (entre febrero y marzo de este año Noticiero Extremeño publicaría las composiciones de ambos).

 

   Si Gabriel y Galán halla sus referentes en las escuela Salmantina del siglo XVI, en especial en Fray Luis de León, al que añade ciertas predilecciones románticas, y un rotundo rechazo de influjos foráneos (es decir, modernistas: “pajarillo del barbecho / y no lorito real”; “yo jamás me he nutrido / con pan de terruño ajeno”), Reyes Huertas compartirá con él sus predilecciones clásicas (huellas de Fray Luis), pero se sentirá atraído, de igual modo, por un modernismo formal, despojado de sus manifestaciones más perturbadoras (el vitalismo desenfrenado, los comportamientos antiburgueses o amorales, el erotismo, los paraísos artificiales, el cosmopolitismo, la bohemia, el dandysmo...). Como hará López Prudencio, defenderá un Modernismo revitalizador del pasado (del léxico, de formas métricas olvidadas, del aprecio por nuestros clásicos...) que, en el fondo, no es sino un Romanticismo depurado de las impetuosas exhibiciones sentimentales y del retoricismo violento.  

 

   A este modelo neorromántico, próximo a Bécquer y al primer Juan Ramón, se ajustan algunas composiciones aparecidas en la revista:

 

ROMANCES FLORIDOS II

 

   Mientras la virgen sonríe

durmiendo sueños de dicha,

con el ala en los cristales

toca la azul golondrina.

   Y oye la virgen en sueños

que dentro del alma vibra

el preludio misterioso

de una música divina...

 

   Despierta sobresaltada

y abre la ventana tímida,

y solo escucha en la calle

invariable y monorrítimica

la canción que canta siempre

la llovizna... [6]

[...]

 

   Otras composiciones, sin embargo, se sitúan en la vertiente parnasiana del Modernismo.

 

 

ROMANCES FLORIDOS VI

 

En el salón, hilando hablan las tres princesas;

la mayor es hermosa: tiene los ojos claros:

la segunda princesa tiene el mar en los ojos

y la princesa niña tiene el alma de un nardo.

 

-Cuando venga de Oriente –dice una- cuando suenen

los agudos clarines anunciando un paso

me asomaré a la torre más alta del castillo

y tendrá una sonrisa como flor de mis labios.

 

-Vencedor del torneo –dice la otra princesa-

cuando vengas a verme te estaré yo esperando

con mis galas brillantes, con mis joyas mejores

y la joya del pecho te daré por regalo.

 

La princesa niña calla... calla y suspira

mientras hila los copos... ella está recordando

que en el jardín florido le ha dicho Gerineldo

que es blanca y es pulida como el alma de un nardo [7] .

 

 

   Similares rasgos formales pueden verse en otro texto publicado en la revista, “Sonata del sol”, que ya anuncia el título sinestésico (polimetría, pluristrofismo, musicalidad, brillantez, efectos cromáticos y sonoros, usos de pies acentuales –el poema emplea el mismo ritmo dactícilo que “Marcha triunfal” de Rubén Darío-, ornamentación...), pero su contenido acaba por constituir una oración de acción de gracias:

 

[...]

 

“Es el sol radiante que Dios nos envía,

el sol de mi tierra que es luz y alegría

y vacía en mis campos su rico tesoro:

¡La rancia y antigua nobleza del oro

y el regio aparato de su pedrería!

Sol brillante que abarca y que inunda

los mundos abiertos que en luz colorea

y en luz tiene el germen que encarna y fecunda

y el soplo del fuego que anima y que crea.

Sol de triunfo que espléndido brilla

y esparce la rica semilla

de vida latente que encierra

y al mundo recuerda la gran maravilla

de aquel sol heroico que tuvo Castilla!” [8] .

 

 

 

            ANTIMODERNISMO

 

   Pero Reyes Huertas militó también en las filas de un “antimodernismo” que, como ocurre a nivel nacional, podemos encontrar en Extremadura desarrollado mediante la crítica o la parodia. Y así enjuicia en 1910 el libro, recién aparecido por entonces, de Manuel Monterrey, Palabras líricas: "Sobre parecerme este poeta un modernista insincero y por contagio, influido a veces por Ruiz Jiménez [sic] y a veces, pocas, por Villaespesa, le veo algo desigual, vacilante, sin saber por qué decidirse: si por los rumbos de los sentimientos vigorosos y viriles, reales y vividos, o por las sensaciones tenuísimas de un lirismo pesimista y aquilatado. Duda, y es que las lecturas últimas le hacen dudar; creo que no ha formado todavía el propósito de marchar ya decidido por un camino solo: el suyo. Las lecturas que ha tenido acaso le hayan hecho más perjuicio que otra cosa [...] Yo quisiera que este Monterrey modesto, humilde, con un alma grande y un gran corazón tomase otros rumbos más trillados, es verdad, pero más seguros. Que cantase la vida esta de nuestra provincia, sin hadas misteriosas, ni jardines con luna, ni fuente con linfa, sino vida tranquila y apacible o la bulliciosa y agitada, pero la vida verdad, la vida que vemos..." [9]

 

   De los autores que mostraron reticencias perceptibles a la nueva estética, la posición crítica más comprensiva para con los autores jóvenes está representada en la región por José López Prudencio quien, al prologar el más novedoso y brillante libro de Monterrey, Mariposas azules, tiene buen cuidado de distinguir entre un modernismo moderadamente innovador en el que sitúa a Monterrey ("un romanticismo, depurado de aquellas furiosas impetuosidades que fatigarían el reposado y negligente espíritu moderno") de las manifestaciones más radicales y perturbadoras:

 

                 "Esos artistas que han tomado como emblema de su vida el hastío excéptico [sic] y estéril, más fingido que sentido, no tienen de común con Monterrey, más que la semejanza en ocasiones de los medios artísticos [...]

                  Toma de la nueva tendencia literaria lo indiscutiblemente aceptable, la riqueza de la métrica, lo vago y apacible, pero intenso y profundo de las sensaciones que produce la realidad y lo muellemente emocional, que tienen las idealizaciones indeterminadas de las aspiraciones a los ideales"

                         (López Prudencio, J. Prólogo a Mariposas azules)

 

   La nueva literatura se vio atacada también desde posiciones visceralmente conservadoras:

 

                "Y cierto, no es español ni está ni estuvo en el genio de nuestro pueblo, ni arraigó, ni quiera Dios que arraigue en la vida española, ese Arte que en la historia lleva el nombre de "pagano" y de "renaciente"; divinización de la materia, falseamiento de la belleza, corruptor de la vida, escándalo del género humano, faro del demonio, ruina del pueblo y perdición eterna de las almas.

                ¡No! No es español eso del "Arte por el Arte" que en suma es, prácticamente, el arte del desnudo material y moral en la forma plástica... y en las ideas y en las costumbres.

                La España católica o tradicional, los católicos españoles, nuestros padres rechazaron siempre esas desnudeces paganas y renacientes ¡y con más ahínco y severidad cuanto más seductoras, ya que con verdad objetiva no podamos decir que más artísticas!"

                         (Sánchez Asensio, en Diario de Cáceres, 9 de agosto de 1912)

 

   La parodias, por último, sintieron una especial predilección por los aspectos más novedosos y chocantes (nuevas estructuras métricas, neologismos, referencias culturales, rimas anómalas...).

 

                                La plata de la luna prestigia el tejado. Un gato y una gata junto a la chimenea,

                                maullan añoranzas invernales. Al filo de la aurora, que alborea,

                                un aguerrido y "suculento" gallo sobre un montón de leña trompetea.

                                  La señorita Primavera despierta, se estiranca, parpadea,

                                y, saltito a saltito -como en el Boticelli- se encamina a la aldea.

                                .....................................................................................................

 

                                  El sol su sinfonía preludia por las cumbres,

                                d'el aldea se desprenden los humos de las lumbres

                                que "pucherantes", crecen [sic] "flatulentas"  legumbres. 

                                  Los pajarillos cantan, las nubes se levantan,

                                los "agri-productores" el desayuno yantan;

                                salen, multiveredean, y en el campo se plantan"

                                                                              (Soriano, Eloy. Fragmentos de Introito)          

 


            NOVELAS Y ESTAMPAS

 

   La trayectoria narrativa de Reyes Huertas se inicia con Lo que está en el corazón  (1918) a la que siguen La Sangre de la raza (1919) y Los Humildes senderos (1920, compuesta en 1917). Estos títulos, en especial el segundo, le darán a conocer fuera de la región, otorgándole una aceptación lectora que se mantendrá sustancialmente fiel a lo largo de los años. Reyes Huertas publicó en la revista entregas de Los humildes senderos (abril de 1919) [compuesta en 1917, publicada en 1920], La sangre de la raza (junio de 1921) y La ciénaga (octubre de 1920) [publicada en 1920].

   A pesar de que los textos teóricos en que Reyes Huertas aborda su concepción de la novela son escasos y dispersos en el tiempo, estos sorprenden por la gran similitud en sus formulaciones, por una coherencia estética e ideológica que es preciso poner en relación con su formación intelectual y literaria. Sabemos que, por lo que respecta a la novela, el escritor educó su gusto en los narradores del Realismo decimonónico, algunos de los cuales (Pardo Bazán, Palacio Valdés, Galdós, Blasco Ibáñez) prolongan su producción en las primeras décadas del siglo XX. Resulta esclarecedor cómo al reflejar -en carta a Manuel Monterrey, fechada en mayo de 1944- su desconcierto ante la pobreza del panorama literario regional, indicio por lo demás de su aislamiento de los círculos culturales, recuerde por contraste la alta talla artística de sus maestros: "Yo vivo al margen de todo este movimiento "renovador", que cada día está alumbrando un genio nuevo. Me he colocado en plan de espectador pasivo [...] Y estoy siempre con el ansia de hallar algo que verdaderamente merezca la atención. A veces, incitado por los reclamos, pico en leer esto o aquello. Defraudación y sólo esa palabra me acompaña en mi curiosidad. ¡Manes de Pereda, de Galdós, de Alarcón, de Palacio Valdés, cómo sufrirían ante los nuevos genios verticales y horizontales!" [10]  

   A diferencia de otros escritores que crean de modo más o menos intuitivo una obra narrativa y más tarde teorizan sobre ella, en Reyes Huertas encontramos muestras tempranas de sus opiniones sobre el arte de novelar. En una reseña a Palabras líricas de Manuel Monterrey (Noticiero extremeño, 2-XII-1910) afirma: "El Naturalismo bien entendido ha sido siempre el principal mérito del arte", formulación matizada en un artículo del mismo año ("Cosas extremeñas. La vida literaria", Archivo extremeño, 1910, siete años antes de componer su primera novela): "y al decir natural no me refiero al sentido naturalista o materialista de su escuela [de Zola] sino al arte de lo real".

   Tras trazar en este breve ensayo un rápido esbozo del panorama literario en la región, Reyes Huertas ataca a Felipe Trigo con las palabras más duras que utilizó nunca al enjuiciar la labor de otro novelista: " ...la novela es siempre una acción desarrollada con un fin.

   En Felipe Trigo, esa acción y ese fin yo no los encuentro. Las tesis de Felipe Trigo no son tesis, son hechos aislados que nada prueban. Escenas de verde subido que si algo demuestran es el error del mismo autor".

   En estas citas aparecen ya condensadas las nociones básicas que sustentarán más tarde su producción narrativa: la novela debe procurar el reflejo de lo real (deber ser "una ventana con vistas a la calle", una "epopeya de la vida cotidiana"), pero mostrar la realidad es casi siempre una invitación a cambiarla en un sentido o en otro; el narrador, consciente de la utilidad de su arte, propone modelos de comportamiento (novelas de tesis), atenderá a su entorno (describiendo lugares concretos, costumbres vernáculas), utilizará personajes genéricos (tipos).

 

   Si la verosimilitud (la "fuerza de verdad" que debe haber en toda novela) es una de sus preocupaciones como novelista, la otra es el sentido moral, y aun moralizante, de sus relatos dentro siempre de la más estricta ortodoxia católica. Eludiendo considerar cómo el segundo rasgo de su universo narrativo niega, en parte, al primero, Reyes Huertas reaccionó duramente contra cualquier manifestación naturalista, hasta el punto de que si su obra es buen ejemplo de "seguidismo" estético, también lo es de una rebeldía ética contra las manifestaciones más avanzadas de la literatura finisecular: el modernismo, el decadentismo, el simbolismo o las manifestaciones epigonales de un naturalismo aplicado a temas eróticos (durante algún tiempo llegó a utilizarse el epígrafe "arte neurótico" para designar, sin intención peyorativa, esta literatura. Resulta interesente recordar que esta es precisamente la enfermedad que aqueja al protagonista de La Sangre de la raza cuando regresa de Madrid impregnado de "esas novelas galantes en que había abrevado hasta ahora su estragado gusto para no concebir otro mundo que el de cocottes, mujeres fáciles...", pág. 40) [11]

 

   Como se ha señalado repetidas veces, Reyes Huertas refleja la problemática extremeña desde su personal visión humanista cristiana, condicionada además por su propensión a las actitudes conciliatorias. "Porque si bien es cierto que todo lo que Reyes Huertas escribe es auténtico, no lo es menos que también en el agro español anida toda una viva problemática social que el autor, con demasiada frecuencia, soslaya" [12] .

    Es cierto que denuncia el talante prepotente de los poderosos: corrompen el sistema de representación popular, son avaros, insolidarios... (denuncias que le ocasionaron serios disgustos -toda una campaña de difamación- como declara en carta a Manuel Monterrey: "Varios que se creyeron aludidos o en quien la mala intención ajena personificó aquellos vicios políticos y sociales, no me lo perdonaron nunca. Y la manera de negar efectos a su sambenito era la de desprestigiar al escritor que se los puso" [13] ), pero también es incuestionable que Reyes Huertas cifra, con frecuencia, las soluciones más en un pasado que añora que en un futuro que intuye cargado de amenazas.

 

   Como ha analizado en un ensayo reciente Luis Sáez delgado [14] , la literatura regionalista, y por tanto la de Reyes Huertas en sus novelas y estampas, tiende a contrastar el presente con un pasado arcádico inexistente, sencillo y feliz, sin tensiones sociales ni problemas económicos, que A. de Mirabal sintetiza en una formulación escueta: “Paz en el espíritu, fuego en el hogar bajo la gran chimenea de campana, trigo en las trojes, salud en los campos”

   La evocación nostálgica de una Extremadura idealizada de la que hablan los viejos (“un noble y rancio vivir español”), presente en todos los autores regionalistas (Reyes Huertas, F. J. Sancho González, Gabriel y Galán, Chamizo y todos sus numerosos epígonos), traduce la inquietud ante el futuro, al sensación de un mundo rural asedidado por el acoso de ideas nuevas y costumbres urbanas, todas perniciosas:

 

   Hablan los viejos de un noble y rancio vivir español. Evocan la perspectiva de la mies en los días de Junio, los rubios montones de las eras bajo el sol de Agosto y el collar de oro del trigo, aventado por las palas primero y desgranado después sobre los surcos abiertos.

   La aldea parecía entonces más alegre, más dulce, más sencilla, más aldea. La holgura se derramaba como una bendición de Dios sobre los firmes hogares. Había pan de trigo molido en la aceña y vino espumoso en los jarros pintados de Talavera. Manos de abuela hilaban el lino y lo urdían en el propio telar, y la lana merina calentaba más, cardada por ellas mismas y torcida en la rueca de castaño que se heredaba de madres a hijas, como una noble tradición. Y en las noches de invierno, mientras aullaba el lobo y el huracán relinchaba el las chimeneas, junto al tronco de encina hervía en todo hogar la olla de carnero, abundante y sabrosa, para la cena.

   He ahí el castizo y austero vivir español que tuvieron nuestros antepasados...”

                                                                                                (Los humildes senderos)  

 

 Frente a la expansión del socialismo ("una barbaridad, sin pies ni cabeza") desde los núcleos urbanos al mundo rural, Reyes Huertas predica la práctica de las virtudes cristianas, el regreso a una estructura social jerarquizada, basada en la sumisión, y engrasada por el amor y la caridad, y en este sentido, el novelista fue un acertado diagnosticador de los males de Extremadura pero las soluciones propuestas adolecen siempre de una sorprendente ingenuidad (en un hombre nada ingenuo), de un marcado elementalismo y de una patente ceguera en el futuro. "Se le escapa, sí, la cuestión agraria a niveles colectivos, la situación angustiosa de tantos yunteros o jornaleros de la región que, sin embargo, se niegan a emigrar porque esperan y creen en la cercanía de una profunda reforma agraria" [15] .

   El pensamiento social de Reyes Huertas, por lo demás, está estrechamente vinculado a la doctrina social de la Iglesia, representada en la región en la línea editorial de Noticiero Extremeño (del que sería director durante varios años) y formulada en varias encíclicas, en especial Rerum novarum, promulgada por León XIII en 1891, en donde, tras rechazar la solución socialista, se establecen las relaciones entre patronos y obreros y se señalan sus derechos y deberes.

   No sería difícil espigar en sus novelas fragmentos que configuren una posición ideológica similar a la mantenida por la Iglesia en torno a la denominada “Cuestión social”, definida desde esta perspectiva conservadora como el trastorno producido por el encuentro del progreso material con la inobservancia o decaímiento de los principios ético-sociales, circunstancia que produce un vivo malestar en todas las clases sociales y una especie de antagonismo entre las mismas. La actitud de los autores de la  “Escuela Social Católica” se enfrentaba tanto a las escuelas individualistas (no es posible dejar al hombre abandonado al interés personal, el trabajo del hombre no debe ser una mercancía cuyo precio regule la oferta y la demanda) como al socialismo (que, en su opinión, niega la propiedad privada, la religión y la familia; rechaza asimismo el materialismo histórico y la lucha de clases: “la sociedad perfecta no será nunca aquella en que no hubiese ningún propietario, sino aquella en que todos fuesen propietarios”).

   Los remedios propuestos son de orden moral (fraternidad entre los hombres,    moralización de las clases sociales que impida la explotación de los débiles, mujeres y niños) y socioeconómicos (atemperación del derecho de propiedad: disminución de los latifundios, obligación de cultivar las tierras, establecimiento de impuestos moderadamente progresivos, propiedad colectiva para los municipios, obras pías, uniones profesionales (los antiguos gremios) y la Iglesia (con constante recuerdo de la Desamortización, que la despojó de medios asistenciales y benéficos), creación de instituciones de ahorro, de seguros, patronatos legales, escuelas gratuitas, descanso dominical. Frente a los sindicatos amarillos (patronales o mixtos) y los rojos (socialistas) se proclama la necesidad de sindicatos católicos (blancos), como paso intermedio hasta la creación de Federaciones patronales-obreras con instituciones de conciliación y arbitraje [16]

 

  Reyes Huertas puede ser calificado como un "realista costumbrista" rezagado [17] . El Realismo como arte de novelar se traduce en ciertos caracteres técnicos como la omnisciencia, la observación directa del natural, la documentación y la actitud de cronista, de "historiador del presente" que no interfiere en el relato con tomas de postura personales, todo ello desde una apariencia de imparcialidad, pues el artista tiene que estar en su obra como Dios en la creación, invisible aunque todopoderoso; tenemos que sentirlo en todas partes, pero no verlo nunca.

   Estas aparecen, formuladas como tesis, en boca de algún personaje (un boticario en La Sangre de la raza, un sacerdote o un militar retirado en Agua de turbión...). Ya vimos cómo muy pronto el escritor manejó eficazmente unos procedimientos narrativos asimilados, sin duda, en su periodo de formación y cómo permaneció fiel a ellos a lo lago de su trayectoria (fenómeno que se traduce en el hecho de que sus obras no muestren un proceso de perfeccionamiento creciente; al contrario, pronto escribe novelas logradas, mientras que su producción posterior, por reiteración mimética del modelo, por cansancio..., presenta notables altibajos). Al igual que otros escritores regionales de la misma época (Baudesson, Trigo, Monterrey...) falta en él esa noción moderna de la condición efímera de los estilos, del constante sucederse de corrientes. Con el paso del tiempo, el escritor, empecinado en sus propios postulados estéticos, reconcentrado en su obra, fue aislándose, ajeno ya por completo a la evolución de la prosa española en el siglo XX.

   La verosimilitud, la autenticidad de los tipos y del medio, las tesis ("la novela... es siempre una acción desarrollada con un fin") -nociones básicas en el pensamiento del escritor- se encuentran ciertamente limitadas por los condicionamientos previos que pone a su novelar (de tipo ideológico y moral, "Antes rompería mi pluma que dar a la imprenta algo que pueda avergonzar a mis hijos o gravar mi conciencia42"). Sin embargo, situado como cualquier otro escritor en una encrucijada de tendencias, Reyes Huertas no fue insensible del todo a otras corrientes coetáneas del Realismo o posteriores a él, y así pueden rastrearse efluvios de un Naturalismo sin contenido ideológico cuando narra crudas escenas campesinas como "la caza del perdigón" (cap. VII) o describe "la matanza":

 

                  "A grandes tirones desmenuzaban las cortezas correosas, embadurnándose el rostro con la grasa y haciendo caso omiso de los escrúpulos. Seguían con sus chanzonetas agresivas y apostaban a ver quién comía más. Alguno había que amenazaba beberse tres azumbres de vino.

                        -Están ya tóos calamocanos, ¿sabe usté, señorito? -disculpaba la Antonia.

               Un vecino de La Cancha brindó cortesano a Medina un trago en una calabaza que le acercó, asegurándole que sabía mejor el vino contenido en ella. Mostrabásela sonriente, con los labios churretosos y las manos relucientes de pringue. Y Medina, entonces, no pudo resistir más: sintiendo ascos, náuseas, repulsiones que le levantaban el estómago..." (Pág. 77)

 

   En otras ocasiones pueden hallarse influencias de la nueva literatura, adherencias del Modernismo o de la Generación del 98, en pasajes muy cercanos a sus modelos:

 

                        "Un acento infantil arrulló las palabras de Carmen. Era el muchacho que venía ahora a desleír desde la esquina otro galano cantar:

                           -La flor y la espiga dambos

                        y dambos un corazón...

                        Sobre el corazón la espiga,

                        sobre la espiga la flor...

            -¡Miren, miren el picaruelo qué bien la ha salido!

            -¿Cómo se llama ese niño, Carmen?

            -Manuel, pero le conocen por Riselo.

            -¡Nombre de paje o de poeta!

            -¡De poeta, de poeta! ¡Ese hace mejores versos que tú!...

   Y Carmen, riendo, desprendióse de Pineda y entró brincando en la cocina". [18]

 

   El estilo de su prosa, por último, tiende hacia las soluciones clásicas de los maestros del Realismo -una frase cervantina, discursiva- con algún tinte arcaizante (como el uso mayoritario del pronombre enclítico). El mayor atractivo, sin embargo, se sitúa en el plano léxico que exhibe el profundo conocimiento del escritor sobre su entorno lingüístico. El acertado uso de localismos y palabras patrimoniales instala su estilo en los aledaños del 98 (y recuerda en especial a Azorín):

 

            “Va señalando las jaras con sus flores blancas que dan la impresión de una lluvia de grandes mariposas y a cada planta da su nombre serrano: aquí madroñeras; allá romeros; estos madreselvas; más allá brezos; más lejos charnecas, y por allí torviscos, y más acá bruzacas, y por este lado acebuches, y por este otro guaperos. Una flora espesa, opulenta, exuberante, bravía. Calmios, bejucos, chaparras, coscojas, aulagas, lentiscos. Y en el fondo de los barrancos, donde caen destrenzadas las aguas ricas, salvias, mejoranas, poleos, berros, carrizos, bayuncos, cañibuyes y la selva poderosa de fresnos, sauces, zarzamoras, rosalindos, atarfes y mimbreras” [19] . 

 

Si la intriga amorosa ancla de modo inevitable la novela al pasado, la visión del paisaje, en cambio, es nítidamente moderna. El carácter dinámico de las descripciones, la atención a los cambios lumínicos, a la atmósfera en que están sumergidos los objetos antes que a los objetos mismos acercan la narrativa de Reyes Huertas a un  "modo de mirar" impresionista, comparable a los mejores novelistas de su momento. Esto es, frente a las descripciones consideradas como un “telón de fondo” propias del realismo, se ofrecen visiones del mismo paisaje en distintos momentos del día, que de este modo,  al insertar el tiempo en el espacio, sí tienen sentido (la luz los convierte en realidades “distintas”).

 

               "Un resplandor, difusamente rosado, comenzó a poco a esclarecer un punto del horizonte... Como una mancha de color se fue extendiendo, y en el confín, donde la tierra parecía besarse con el cielo, asomó un  puntito blanco que poco a poco, desdibujó sus líneas hasta formar un fragmento curvo y brillante, como una lámina de plata. Luego, lento, silencioso, aquel segmento de círculo fue levantándose de la tierra, y, casi de súbito, se hizo una luna inmensa y solemne, que derramó por el paisaje una claridad dulce y misteriosa"  (Pág. 223) [20]

 

 



[1] He aquí el repertorio de las colaboraciones de Reyes Huertas y de aquellas otras que enjuician su obra: “Primera novela de un gran novelista. “Lo que está en el corazón”, reseña de Roberto Alcocer (Año VI, nº 61, enero de 1919, págs. 28-32), “Romances floridos II” (Año VI, nº 63, marzo de 1919, pág. 175), “Los humildes senderos” (fragmento) (Año VI, nº 64, abril de 1919, págs. 206-208), “En la paz del campo. La vida de un poeta”, por A. de Mirabal (fechada en la Dehesa de Ortigas, 1919) (Ibidem, págs. 211- 215), “Romances floridos VI” (Año VI, nº 66, junio de 1919, pág. 142), “Sonata del sol” (poema) (Año VI, nº 69, septiembre de 1919, págs. 506-508), “Las víctimas” (Año VI, nº 70, Octubre de 1919, págs. 561-565),   “La sangre de la raza. Un gran novelista extremeño”, reseña de S. G. (Ibidem, págs. 597-598), “Los moriscos en Extremadura” (nota histórica de R. H.), (Año VI, nº 71, noviembre de 1919, págs. 627-629), “Siluetas extremeñas. Federico Reaño” (Año VI, nº 72, diciembre de 1919, págs. 605-607), “La ciénaga” (fragmento) (Año VII, nº 105, octubre de 1920, págs. 3-8),   “Semana Santa” (poema) (Año VIII, nº 389, marzo de 1921), “La sangre de la raza” (fragmento del cap. XVIII) (Año VIII, nº 402, junio de 1921), “¡El baile puede continuar!” (artículo) (Año VIII, nº 406, julio de 1921, págs. 3-7).

[2] Segura Otaño, E. Biografías 3. Badajoz, Arqueros, 1951, págs. 18-19.

[3] Segura Otaño, E, Prólogo a Pétalos de sombra. Badajoz, Arqueros, 1958, pág. 12.

[4] Ibidem, pág. 15.

[5] Segura Otaño, E. “Para un estudio crítico-biográfico de Reyes Huertas”, en Revista de Estudios Extremeños, IX-2, I-IV, 1953, pág. 294.

[6] Fragmento inicial, en Revista de Morón y Bético Extremeña, nº 63, marzo de 1919.

[7] Revista de Morón y Bético Extremeña, nº 66, junio de 1919, pág. 342.

[8] Fragmento de “Sonata del sol”, Ibidem, nº 68, agosto de 1919, pág. 507.

[9] Reseña a Lira provinciana, en Noticiero Extremeño (2 de diciembre de 1910)

[10] Citado por Segura Otaño, E. "Para un estudio crítico-biográfico del novelista Antonio Reyes Huertas", en Revista de Estudios Extremeños,  IX-2, I-IV, 1953, pág. 322.

[11] Resulta de interés repasar los juicios, unánimemente elogiosos, de sus reseñistas en la revista: insisten (Roberto Alcocer, S. G.) en el entronque de su narrativa con el realismo español (Fernán Caballero y Muñoz Pabón en Andalucía, Ricardo León en Castilla), en el rechazo de los modelos naturalista franceses y de las imitaciones modernistas (una narrativa “abrevada en morbosas linfas, amancebada con el impudor y el exotismo, corroída por patologías eróticas y degeneraciones sexuales, si no todos, los más que están hoy en toldo y en peana”), en la ausenica de incidentes narrativos (obligada por la verosimilitud, de ahí el tiempo extenso de muchas de sus novelas), en la toma de apuntes del natural (paisajes y personajes), en la reiteración de los mismos tipos (por ejemplo, el de mujer virtuosa), en su enorme espíritu analítico y sus ideas acendradas y puras...

[12] Basanta Reyes, A. "Estudio literario" en Estampas Campesinas Extremeñas, Madrid, Edit. Nacional, 1978, pág. 52.

[13] Carta a Manuel Monterrey, citada por  Segura Otaño, E. "Para un estudio crítico-biográfico del novelista Antonio Reyes Huertas", en Revista de Estudios Extremeños,  IX-2, I-IV, 1953, pág. 326.

[14] Animales melancólicos. Badajoz, Del Oeste Ediciones, 2001.

[15] Pecellín Lancharro, M. Literatura en Extremadura, Tomo II, Badajoz, Universitas, 1981, pág. 184.

[16] Cfr. el siguiente texto de Noticiero extremeño, 12 de enero de 1919, sobre la conveniencia de formar sindicatos católicos que contrarresten la pujanza del socialismo:

                "Entre esas armas espirituales ocupan lugar eminentísimo los sindicatos católicos, que son de suyo ideas buenas y acción buena. Solo no ha de permanecer el obrero de nuestros días, porque de todas partes le convidan a la asociación, y o elige casa crisitiana o los socialistas se lo llevarán. Nótese que no sería discreto perder tiempo, pues se ha redoblado la propaganda socialista, la cual prende con facilidad en el obrero de poca o ninguna instrucción religiosa, a quien se le promete una transformación social que ha de dignificarle y enriquecerle. Es de notoria urgencia oponer a esta propaganda perturbadora e inicua la de los sindicatos católicos, que por caminos de paz, sin negar ningún derecho, sin prometer cosas imposibles, positivamente mejora la suerte de los obreros, y la mejorarán más a medida que vayan adquiriendo más amplio desenvolvimiento la Confederación nacional católico-agraria"

                                (Editorial titulado "Contra el bolcheviquismo / Los sindicatos católicos", firmado R.)

[17] En toda Europa se da en la primera década de siglo un regreso al mundo rural, del que participa nuestro autor con un ligero retraso. Piénsese en obras como Pelé el conquistador del danés Martin Andersen Defoe, Los campesinos del polaco Ladislao Reymont, Gentes de Juvik del noruego Olav Duun, La vida y la muerte de Karaveras, del griego Theotokis, La vida en el campo del rumano Duiliu Zanfirescu, La aldea arrebatada de Desiré Szabo (una requisitoria contra los latifundios, aparecida precisamente en 1919).

[18] Fuente serena, Barcelona, Ed. Hymsa, 3ª ed., 1946, pág. 121. Compárese con el siguiente pasaje de Sonata de otoño:

 

                "-¿Tienes ahí a Florisel?

                -¿Florisel es el paje?

                -Sí.

                -Parece bautizado por las hadas.

                -Yo soy su madrina. Mándamelo.

                -¿Qué le quieres?

                -Decirle que te suba estas rosas.

   Y Concha me enseñó su falda donde se deshojaban las rosas, todavía cubiertas de rocío, desbordando alegremente como el fruto ideal de unos amores que sólo florecieron en los besos".

[19] Agua de turbión, pág. 200. La proximidad a la literatura noventayochista se expresa en otras ocasiones mediante referencias concretas. Viento en las campanas (1950 lleva como subtítulo “Aventuras, soliloquios y mixtificaciones del doctor Mirio”, que recuerda el epígrafe de una novela barojiana, Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901).

[20] La revista incorpora una sola estampa titulada “Las víctimas”, que presenta una pequeña tragedia aldeana: la joven Isabel, engalanada por su madre con vestidos que apenas pueden pagar, impelida a la coquetería en contra de su propio talante, se ve, paradójicamente, rechazada por todos los jóvenes, que ven con disgusto tal comportamiento (que ninguno de ellos podrá costear).

   Si en las novelas el autor comparece en la obra como actor: el narrador es un personaje que pertenece a la ficción, que el escritor construye (como los incidentes narrativos, personajes, espacio y tiempo), en las estampas es muy perceptible la presencia del autor, de un testigo comprometido aunque sin protagonismo. Responde al propósito “Esto vi”. Subraya la verosimilitud, el carácter testimonial de lo relatado (perceptible en la presencia, redundante en castellano, del pronombre sujeto: “Yo no me he engañado... Yo sé...”).

 

 

 



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